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EL VIAJE - Alfredo Bezos
Somos lo que exploramos, lo que experimentamos y vivimos. Pero también lo que contamos.
Somos lo que exploramos, lo que experimentamos y vivimos. Pero también lo que contamos.

EL VIAJE

Me encantan esas mañanas frías con una niebla tan baja que a penas se puede ver a dos metros. En Castilla es algo muy habitual y esta vez me resultaba tan plácida como cuando me hallaba en lo alto de un páramo después de terminar aquellas jornadas de trabajo al aire libre que me sirvieron para poder sobrevivir durante una temporada. Es una sensación extraña, relajada, de una calma inquieta, como si el tiempo se parara y un silencio que te permite escuchar hasta los latidos de tu corazón… y nada más allá de tu nariz roja y a punto de separarse de tu cara a causa del gélido frío castellano. Quizás esa sensación de soledad en medio de la nada de un campo tan abierto frío y árido es lo que más me gusta de esta tierra, que me sigue provocando un escueto pero firme punzón en el pecho cada vez que me encuentro en ella. porque son muchas las contradicciones que me provoca, pero peor me siento si llevo mucho tiempo sin ir.
Así estaba la mañana del Sábado cuando mi niño y yo nos disponíamos a partir hacia la Tierra de Campos, hacia el pueblo de mi padre para saldar ese viaje pendiente, esa necesidad física que tenía y cerrar por fin un capítulo de mi vida ya necesariamente superado.

La niebla no desapareció hasta el mediodía, cuando el sol ya calentaba lo suyo, bajando el curso del Pisuerga hasta llegar Palencia, no pude evitar acordarme de David, tomamos el desvío hacia León y los páramos dejaron paso a las llanuras interminables, solo alteradas por viejos palomares de adobe y campanarios exaustos que aguantan el paso de los siglos como buenamente pueden. Es una imagen de agonía que a uno lo deja triste. Dice un buen amigo burgalés que a Castilla solo le quedan las piedras el vino y el lechazo… el resto se lo quedaron los de siempre y los demás a emigrar porque los de siempre nunca dejarán que aquello cambie.
En Aguilar de Campos todo estaba como siempre… los sentimientos se entrecruzaban y cada rincón me recordaba a alguna imagen o historia que contaba el viejo. la tejera estaba invadida por una nave nueva, pero no fue impedimento para acercarme y estar allí un momento para dejar las cosas en su sitio. Me sentí muy bien… allí estaba mi pasado y con mi chico al lado… el futuro.

Ya podía volver….

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